No digo es la duda
la aurora de los pálidos cercos
donde caen aromas de tristeza y silencios.
Tu coraje vestido
de pudor
escondido en los puentes
de mis secas caricias.
Acudo a buscarte
entre las cumbres heridas del ocaso
que azota tu rostro
y abraza la lluvia sin mojar la osadía,
deslizan tu nombre entre tantos
que en tu boca me nombran,
abren ventanas de canciones y rumbos.
No digo es la duda
quizá en la hora, la hora precisa
de algún cuento sin hadas
de estas manos insomnes
en las simples amarras del amor,
que aún espera.
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